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27 de marzo de 2012

EL CARDENAL VAN THUAN

EL SOL DE INDOCHINA


PROCESO DE BEATIFICACIÓN DEL CARDENAL VAN THUAN


La desmemoria es uno de los mayores pecados del pueblo cristiano y una de las claves de su debilidad en este momento histórico.


TOMADO DE RELIGION EN LIBERTAD


La desmemoria es uno de los mayores pecados del pueblo cristiano y una de las claves de su debilidad en este momento histórico. No podemos permitirnos el lujo de olvidar (olvido es sinónimo de banalidad e inconsciencia) las maravillas que Dios hace en nuestra historia: no por atesorar bellos recuerdos, sino porque esta memoria es fundamento de la certeza que nos permite atravesar las circunstancias por duras que sean. Es algo que Israel hubo de aprender con dolor a lo largo de toda su aventura, y nosotros seguimos en ello.


Diez años no son muchos, pero en el actual marasmo digital parecen una eternidad. Fue en 2002 cuando nos dejaba tempranamente el cardenal Van Thuan. Cuatro años atrás había asumido alegremente el encargo que le hiciera Juan Pablo II de presidir el Consejo Pontificio Justicia y Paz. ¿Quién mejor que él, testigo viviente del gulag, que había perdonado a los mismos verdugos ante quienes nunca se doblegó? Pero en el fondo nunca se adaptó del todo a su estancia romana, siempre deseó volver a su amado país. Nadie ha hecho una película sobre este vietnamita cuya historia apasionante conmueve a cualquiera que se le acerque: hijo de una familia católica con más de trescientos años a las espaldas, que llegó a prestar grandes funcionarios e intelectuales a la corte; joven arzobispo de la antigua capital del sur, Saigón, cuya prisión fue decretada por los revolucionarios antes aún de que cayera la ciudad; prisionero incomunicado, testigo infatigable, amigo de sus carceleros, sagaz y astuto para aprovechar la mínima rendija en los terribles campos de internamiento, finalmente exiliado de su patria y acogido en Roma.


La púrpura le llegó como homenaje de otro hombre que conocía bien al régimen que lo había torturado, Karol Wojtyla. El mismo que lo encontró por un pasillo y le espetó: “¿sabe quién va a predicar mis ejercicios este año, es un vietnamita, quizá lo conozca? A los orientales les suena raro nuestro humor, pero Van Thuan entendió: "Santo Padre, ¿qué puedo decir?, he pasado mi vida en las cárceles”. Y el Papa le sonrió: “háblenos de eso, háblenos de cómo le sostuvo la esperanza”. Y de aquel encargo nació un bellísimo libro escrito a corazón abierto, en el que descubrimos lo que la fe en Cristo realiza en el alma que la acoge sin reservas. Un torrente de razón y de amor, una inteligencia única, una libertad indomable que asombraron a todos, y que obligaban a cambiar sistemáticamente a sus guardianes no fuera que quedasen cautivados por el prisionero-obispo. Es impresionante la descripción de la noche en que, habiendo sido despojado de todo, Van Thuan recorre el país camino de su cruel internamiento. Allí, viendo caer por tierra todos sus proyectos, hubo de tomar partido entre la desesperación y la confianza en un Dios que ya no le pedía grandes construcciones, sólo su corazón. Decir sí le transformó en sostén de cuantos se encontraron con él en medio de la desolación.


En esa tremenda noche cuaja la verdadera historia de Francisco Javier Nguyen Van Thuan, la que estos días lleva a una delegación vaticana hasta los lugares donde vivió, para recabar múltiples testimonios que completen el necesario escrutinio para su causa de canonización. La memoria de este gigante humilde y sonriente nos lleva a tomar conciencia de la epopeya de los católicos del Vietnam, que todavía hoy luchan por que sea reconocida su plena ciudadanía. Todavía hoy, mientras el gobierno comunista dialoga con la Santa Sede, abundan los atropellos, las restricciones, los controles, incluso las detenciones de sacerdotes y laicos que se muestran demasiado libres para implicarse en la vida civil. Pero la comunidad católica sigue creciendo.


Mientras la Iglesia madre escudriña las estaciones de la vida de este hijo suyo nacido de la buena tierra de Indochina, nosotros podemos aprovechar mucho de su testimonio. Él vivió la familiaridad con Cristo hasta dejarse modelar totalmente, fue testigo de la novedad humana que porta la fe allí donde fue traído y llevado, sin que la amargura y el rencor consiguieran nunca conquistarle. Vivió la esperanza que no defrauda en medio de las más horribles circunstancias, no como escape espiritual, sino como forma de la mente y del corazón. Y así ayudó a forjar un pueblo (que no cesa de recordarle) y nos enseñó que la fe no quita nada, sino que lo da todo.


Por José Luis Restán.

4 de octubre de 2010

CARDENAL VIETNAMITA RUMBO A LOS ALTARES

CARDENAL FRANCISCO XAVIER NGUYEN VAN THUAN


CARDENAL FRANCISCO XAVIER NGUYEN VAN THUAN
Yo tuve la fortuna de conocerlo, de escucharlo y de cruzar
unas palabras con él. Si mal no recuerdo, fue en noviembre del año 2001, en la ciudad de Monterrey, N.L., México, en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Fue en un Retiro Sacerdotal Internacional, organizado
por la RCCES (Renovación Carismática Católica en El Espíritu Santo) al que asistimos más de 1,000 sacerdotes y algunos 50 obispos de lugares tan remotos como la India. Una experiencia inigualable.

Veíamos en él la presencia de Dios... Daba gusto estar en la presencia de UN MÁRTIR VIVIENTE, aunque parezca raro el término. A no dudarlo, él sufrió por Cristo lo que nosotros nunca sufriremos y, sin embargo, se mostraba lleno de dulzura y paz. El siguiente artículo lo tomé de RELIGIÓN EN LIBERTAD.



El próximo 22 de octubre se celebrará la Sesión solemne de apertura de investigación diocesana sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad del Siervo de Dios el Cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân, un valeroso testigo de la esperanza en medio del dolor y la persecusión por parte del régimen comunista en Vietnam.

La ceremonia tendrá lugar a las 12, en el Salón de la Conciliación del Palacio Lateranense de Roma. Intervendrán el cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, quien preside la sesión y el cardenal Peter Turkson, presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, informa Fides.

Para esta ocasión, se han promovido varias iniciativas para conmemorar la figura del cardenal y subrayar su fama de santidad.

A las 8:30 de la mañana del viernes 22 de octubre, en la iglesia de Santa Maria della Scala en Roma, el cardenal Turkson presidirá una celebración Eucarística por el Siervo de Dios, quién fue titular de esta Iglesia. A las 10:30, en la Universidad Pontificia Lateranense, se celebrará la ceremonia de entrega de los “Premios Van Thuân”, en su tercera edición. Este año el premio será otorgado al Dr. Juan Somavia, Director General de la Organización Internacional del Trabajo. El “Premio Van Thuân-Solidariedad y Desarrollo”, será otorgado a monseñor Giuseppe Molinari, arzobispo de L´Aquila; al padre Marcelo Rossi, un joven sacerdote brasileño; a la Fundación San Camilo que trabaja en Burundi; a las Comunidades de Haití de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Como conclusión de la jornada se ha previsto un concierto-testimonio dedicado al cardenal Van Thuân en la Basílica de San Antonio de la via Merulana en Roma, a las 19 horas.

Testigo de la esperanza en medio del dolor

Van Thuân nació en 1928. En 1975 el Papa Pablo VI lo nombró obispo coadjutor de Saigon. Este mismo año el régimen comunista de Vietnam lo arrestó, porque supuestamente contradecía esta ideología.

Permaneció en prisión durante 13 años, ocho de los cuales fue sometido a un régimen de total aislamiento. Fue liberado en 1988. Juan Pablo II le nombró en 1998 presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, dicasterio del que era vicepresidente desde 1994.

Durante la cuaresma del año 2000 predicó los ejercicios espirituales al papa Karol Wojtyla. El cardenal falleció el 16 de septiembre de 2002. Su fama de santidad se debe a la entereza con la que afrontó los momentos en los que estuvo injustamente en prisión, a la capacidad de perdonar a sus captores, así como a la profundidad y esperanza que se refleja en sus escritos. Es autor de varios libros, entre ellos «Testigos de Esperanza» y «Cinco panes y dos peces»