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10 de agosto de 2011

EL SEÑOR SIGUE LLAMANDO OBREROS A SU MIES

DRAMA VOCACIONAL


Si, hablando de VOCACIÓN el título parece “sobredimensionar” la cuestión, pero existencialmente, no es para nada exagerado llamarle así. Drama existencial, personal, afectivo-emocional. Si vemos en el Antiguo Testamento la historia de la mayoría de los profetas nos habla de situaciones dramáticas. Y en ellas nos podemos dar cuenta de que, decidir responderle con un sí al Señor, tampoco fue fácil para ellos. Dios nunca nos pide —cuando de dar sentido a nuestra existencia se trata— cosas fáciles. ¿Quién puede afirmar verazmente que la vida humana PLENA es fácil?


La situación que vive un joven como Ramiro (nombre ficticio para proteger su identidad) es un auténtico y verdadero drama. No es sencillo decidir, cuando se trata de la propia vida, cuando se involucran sentimientos, anhelos y planes propios. No es fácil porque a un joven el futuro —en una encrucijada como ésta— le ofrece varias vías que parecen contradictorias y aún radicalmente opuestas entre sí.


Ramiro es lo que podríamos llamar ’un buen muchacho'. Recordemos qué es en nuestra mentalidad ’un buen muchacho’. Bueno, diría que es un joven que ha llevado una vida recta, que obedece a sus padres, que ayuda en los quehaceres de la casa con gusto, que participa en la vida de su parroquia, que tiene novia y muchos amigos, que no fuma ni anda en escándalos, que busca hacer lo correcto, que ama a Dios (por eso se ha mantenido libre de vicios o excesos y participa de la Misa y de la vida parroquial) y que en una pincelada muy humana de su ser “normal” sueña entusiasmado con tener una esposa e hijos.


Y el elemento que le da a esta trama su intensidad es el sentir inquietud por la vida sacerdotal. Y esa inquietud puede incluso estar ‘ahí anidada en su corazón’ muy a su pesar… No es algo que él haya cultivado o buscado sentir. Ahí ha estado. La ha sentido desde hace varios años en una forma suave… Si, desde hace tiempo lo ha sentido. Siempre que le vienen ’esos pensamientos’ los corta, se siente “confundido e inquieto” y se dice: ’Sí, pero también deseo tener una esposa y una familia; no se pueden las dos cosas entonces opto por el matrimonio’. Pero la ‘idea’ no se va; de vez en cuando lo asalta y el se dice ‘no puedo pues quiero tener una vida de pareja’. Pero ahí sigue.


El inconveniente es que la cuestión no se resuelve ‘por sí sola’. No, no se ‘solucionará’ jamás por arte de magia, pues aquí entra el ámbito de la inteligencia, la libertad y la voluntad. Si Ramiro no amara a Dios, pues ya estaría todo solucionado: esa ‘idea absurda de ser sacerdote’ simplemente se descarta y ya. La inquietud sigue ahí. Y Dios no dice nada, no resuelve el asunto. Y pasan los días y las semanas y se van haciendo incluso años. Cuando alguien de su parroquia se va al Seminario él se siente bien, pues eso le hace sentir que afortunadamente ‘hay otros que cubren los huecos’. Pero no se resuelve SU SITUACIÓN.


El pregunta: ¿Pero, cómo se puede saber si alguien tiene vocación? Le respondo: “En tu caso es así: Tienes salud física, psíquica, moral y espiritual; eres ‘normal’ y luego «te llama la atención» ser sacerdote. Todos esos elementos son ‘signos de vocación’. ¡Que bueno que te la piensas porque has soñado en una esposa y una familia! Esos son signos de normalidad, parte de la vocación, junto con el hecho de que ser sacerdote te inquieta”. No es más que darle vueltas a lo mismo. Y recuerdo mi propia situación cuando tenía 19 años ¡Como se parece a lo que él ahora vive¡


Y se sigue sintiendo indeciso, pues ve casi a la misma altura una y otra alternativa. Claro que esto es así, porque la decisión la tomará él. Jesús invita, pero Ramiro ha de responder con un sí ó un no. Tal vez él está esperando algo extraordinario, pero lo más seguro es que eso no ocurra. No creo que Dios se le aparezca como a Salomón (2 veces) quien de todos modos no le hizo caso al Señor y no se convirtió, pues no quiso dejar atrás sus propios gustos. Él tendrá —primero— que dar un paso que lo cambiará todo para ‘ver el panorama en forma diferente’. Ese paso es decirle al Señor: “Si Tú lo quieres yo lo acepto”. Si ese paso de generosidad no se da, se habrá perdido otra vocación: una menos, en una Iglesia tan necesitada de ministros que quieran dar su vida por Jesús y su pueblo.


Y le digo a Ramiro que piense —como una pista más de vocación— el hecho de que él es uno de los pocos —de entre millones— que sienten esa ‘curiosidad’ por ser sacerdote. Estoy convencido de que tiene que orar mucho, para no dejarse “manipular” por el demonio, pues una de las herramientas de esta manipulación será hacerle “entender” que es lo mismo estar acá o allá, y que no hace mucha diferencia pues los casados también se pueden salvar (esta última afirmación cierta). Ojalá que así como entiende muy bien el amor humano (hombre-mujer) también logre entender el amor a Dios y de Dios.


Sólo por verdadero amor a Dios se puede aceptar una invitación como esta que implica dejarlo todo (incluidos los propios planes y la legítima gratificación de una digna y bella relación conyugal) para así emprender esta aventura de la vida sacerdotal. Y se ama o no se ama… En el amor no se puede “amar poquito”. Si él no acepta esta invitación el único que gana es nuestro enemigo; y pierden la Iglesia y Ramiro. QUE EL DESCUBRA EL GRAN HONOR QUE ES EL SER LLAMADO POR CRISTO A ESTE MINISTERIO, NO POR MERITOS PROPIOS SINO POR AMOROSA ELECCIÓN DEL SEÑOR.


Amigo lector, pidamos al Señor le haga entender a Ramiro que la cobardía que hace a un joven rechazar una invitación de Él a servirle así, es una forma muy clara y definida de no amarle sobre todas las cosas. Que reflexione. Oremos por él.

24 de septiembre de 2010

DE ADORADORA DEL DEMONIO A MONJA II

La increíble vida de Michela, de "Nuevi Orizzonti"
De pertenecer a una secta satánica a monja,
tras intentar asesinar a la que hoy es su fundadora

PARTE II

Michela, en la actualidad religiosa de la Comunidad Nuovi Orizzonti, tiene una vida de película. Abandonada por su madre cuando era un bebé, atrapada por una peligrosa secta satánica, convencida de la necesidad de asesinar a una monja por indicación de la sacerdotisa, que a la vez era su psiquiatra... Cuenta su testimonio en ReL con una intensidad y pasión, que a más de uno le dejará pensativo...

Actualizado 15 febrero 2010


Decidida al asesinato

La noche del 5 de enero partí hacia Roma. Me habían dado toda la información de donde encontrar a Chiara y yo me dirigí a su casa, a la sede de la comunidad. A las 20.00 horas llegué hasta la puerta y sin dudar, convencida de lo que iba hacer, toqué el timbre.

«Por fin has llegado a tu casa»

Lo que ocurrió entonces lo tengo que contar desde el testimonio de Chiara, quien no me conocía absolutamente de nada, como es obvio. Chiara cuenta siempre que, en ese momento, en su corazón escuchó una voz, la voz de la Virgen María que le decía: «Abre tú la puerta, que es una hija mía que tiene una gran necesidad». Chiara se levantó, caminó apresurada hasta la puerta a cuyo otro lado la esperaba yo, y cuando abrió la puerta hizo una sola cosa. Me abrazo y me dijo: «Bienvenida hija mía. Por fin has llegado a tu casa».

Con el cuchillo en la mano

Ese abrazo cambió mi vida. Fue un abrazo indeleble que llegó a mi corazón. Fue más allá de mi cuerpo, de mis brazos. Yo no pude reaccionar, no pude moverme, no pude hacer nada. Chiara me desarmó absolutamente con ese abrazo, con su mirada. Me llevó dentro, a su pequeña habitación y comenzamos a hablar. Ella me preguntó cómo estaba, y yo sin decir ninguna palabra le entregué el arma con el que la iba a matar. Se lo conté y le dije: «Chiara, para mí ya no hay esperanza». Ella me respondió: «¡Sí, sí que hay esperanza, porque el amor ha vencido a la muerte! ¡Hay esperanza para ti porque hubo quien dio la vida por ti! ¡Y Jesús te ama!».

«Me matarán y te matarán a ti también»

Yo le contesté: «Chiara, yo les conozco. Sé como son. Tengo poco tiempo. Me matarán y te matarán a ti también». «No Michela –respondió Chiara muy firme-. No lo harán, porque María te quiso en esta casa». Y en aquella casa me quedé.



Sesión de exorcismos

Obviamente, la primera cosa por hacer era una buena confesión. Llamaron a un sacerdote, pero debido a las actividades en las que había estado involucrada no me pudieron dar la absolución. Hubo que escribir a la Santa Sede, a la Congregación para la Doctrina de la Fe, toda mi historia. Un cierto cardenal Ratzinger , respondió en pocos días: «Hoy la Iglesia está de fiesta porque un Hijo ha regresado a casa». También tuve que pasar por varias sesiones de exorcismo. Obviemos los detalles.

Comunión y consagración

Con un permiso muy especial, la noche del 27 de enero, en la capilla de las hermanas de la Madre Teresa, en Roma, pude recibir la comunión, pude consagrar mi corazón al Corazón Inmaculado de María, y hacer los votos de pobreza, obediencia y castidad, más el cuarto voto propio de la comunidad de Chiara, que es el voto de ser y llevar la alegría de Cristo Resucitado.

Un nuevo camino

Ahí comenzó mi camino. Mi camino de sanación, un camino en el que nunca nadie antes pudo sanar mis heridas, y donde sí que las pudo sanar Jesús. Pero pasado un tiempo, hubo una herida que no había podido sanar. Esa herida era la falta de una madre, porque a mí me faltaba una madre. Me faltaba en Navidad, cuando todas la madres telefonaban a las demás y yo no recibía una llamada. Me faltaba el día que celebraba mi cumpleaños... Esa ausencia de mi madre, cada vez que pasaba esto, reabría las viejas heridas y había que empezar de nuevo.

Un grito de dolor

Un buen día, a Chiara se le ocurrió enviarme a un centro de ayuda para la vida. Se me había encargado abrir una casa de acogida para madres solteras y jóvenes embarazadas con riesgo de someterse a un aborto por miedo o por dificultad. Allí las podríamos acoger. Pero al poco tiempo empecé a recoger un grito de dolor. Era el grito de dolor de aquellas mujeres que habían abortado y que me decían: «¿Sabes? Hoy tendría un hijo de ocho años, pero lo llevé a matar».

Aprendí a no juzgar

Por las noches llegaba a casa y me ponía delante de Jesús, en el sagrario, y le entregaba todo ese dolor que llevaba de las mujeres. Una de esas noches, empecé a escuchar en mi corazón: «Michela, si hoy existes tú, es porque tu madre dijo sí a la vida». Os tengo que decir que cuando se experimenta la misericordia de Dios, la primera cosa que se aprende es a no juzgar. Y yo no tenía ningún derecho de juzgar a mi madre. Porque si una madre llega a abandonar a un hijo es porque hay un gran dolor.

A la busqueda de la madre

En ese momento comenzó a despertar en mi interior la necesidad de buscar a mi madre, no para juzgarla ni regañarla, sino para darle las gracias por mi vida. La ley italiana permite obtener información del propio origen y después de las investigaciones pertinentes localicé a mi madre. Comenzamos a telefonearnos, y un día me sugirió conocernos personalmente. La fecha concertada fue el 2 de Junio de 2004. Esa misma mañana partí hacia la ciudad donde ella vivía para encontrarme con ella, como habíamos quedado.

«Sal de mi vida»

Yo iba sola y en ese viaje había dos partes dentro de mí. Una parte era esa parte humana que se sentía entusiasmada por poder decirle por fin a alguien «mamá». Pero había otra parte más racional que me decía: «Michela, no sabes qué puedes encontrar allá». Mi error fue que en aquella duda venció la parte más humana. Pero el hombre propone y Dios dispone, porque pocos minutos después de encontrarnos, con una mirada que yo no le deseo ni a mi peor enemigo, mi madre me dijo: «Tú para mí no has existido nunca, no has existido hasta ahora, no existes hoy. Sal de mi vida». Yo no sé que siente una madre cuando un hijo dice no a su amor, pero les puedo decir lo que siente un hijo cuando una madre le dice no a su amor…

«¿Qué le hecho de malo a Jesús?»

Fue un gran dolor. Regresé a Roma, cogí a Chiara y sujetándola contra un muro le dije: «¿Pero yo qué le hecho de malo a Jesús? Trabajo para Él, ¿por qué no me puede ayudar?». A mí pregunta de por qué Jesús me trata así, Chiara me contestó: «¿Sabes, Michela? Santa Teresa de Ávila le preguntó lo mismo a Jesús, y Jesús le dijo que así trataba Él a sus amigos». Ya sabéis lo que Santa Teresa le respondió a Jesús: «Ahora entiendo por qué tienes tan pocos».

Tomado de ReligiónenLibertad.com http://www.religionenlibertad.com

Continuará...