8 de enero de 2013

DEL ESCEPTICISMO A LA FE...

¿ATEO, YO? UN RATO…



Cuando pasé a la adolescencia, ya en la secundaria, perdí el interés por Dios y por lo que tuviera que ver con la Iglesia. Había cosas más interesantes y emocionantes en que ocuparse. Y además las Misas eran muy sosas y no entendía nada.

A los 14 años me dije y me creí ateo, al ver las injusticias, las desigualdades, la apatía y la aparente ausencia de Dios, ante absurdos tales como la miseria lacerante de muchos y la opulencia insultante de pocos. No veía la mano de Dios por ningún lado. La Iglesia me parecía aburridísima; así con esa exageración gramatical que usamos en Guadalajara. Iglesia era para mi sólo catecismo, Primera Comunión y Misas enfadosas a las que no les entendía. Cosas para viejitas, según mi forma de pensar de entonces.

Mi desinterés por Dios y lo que con Él tuviera que ver se aceleró cuando un día asistí a una opulenta y cursi boda en el templo de San José –en el centro– y contemplé cómo una ancianita recogía en su rebozo el arroz que les aventábamos a los novios como signo de buenos augurios. No era posible que esta viejecita sobreviviera con aquel arroz pisoteado, sucio y quebrado. Sin saber por qué me sorprendí: Yo a pesar de ser muy “rudo” estaba llorando y profundamente triste. Llegué en cosa de minutos a la siguiente conclusión: “Si Dios por esencia es bueno y esto que veo es en sí mismo muy malo, entonces Dios no existe”. Tenía 14 años y de pronto me sentí de 70, sin esperanzas y con la sensación de estar en un mundo maloliente y vacío, tremendamente injusto. Reflexioné y decidí dar mi lucha en lo único que entonces parecía contar: El mundo de la política. Soñé con un día ser un gobernante justo y honrado que ayudara a los pobres y marginados. Y entré a un partido político al que le dí como tres años de mi vida. ¡Qué error¡

¡ME PESCÓ¡

Pasando unos dos años, por casualidad iba pasando por un templo. Si mal no recuerdo fué a encaminar a su casa a una novia. Oí cantos que venían del interior, pero lo que más me llamó la atención, oí una batería… había jóvenes, muchos jóvenes. Por curiosidad me acerqué –al miércoles siguiente– a la asamblea de oración en Nuestra Señora de Guadalupe en Chapalita. No recuerdo cómo pero poco a poco me integré en aquella asamblea. Al principio me quedé en la entrada, a la semana siguiente, en la última banca, a la siguiente en la penúltima y así poco a poco hasta que –al cabo de unas semanas– ya estaba con los de la música. ¡Cómo olvidar a mis entrañables amigos Nacho, Toño y Alma González, Enrique y Paco Zepeda y otros más¡

Bueno, pues no recuerdo cómo, pero después de unos meses hice mi “Curso de Evangelización Fundamental” y precisamente culminó cuando cumplí 18 años, en 1982. Feliz coincidencia porque fue Día de Pentecostés. Estuvo como asistente el P. Onésimo Zepeda, en ese entonces sacerdote de la diócesis de Cuernavaca, y hoy obispo de Ecatepec, Estado de México. Fue una experiencia excepcional, en la que por primera vez en mi vida sentí la cercanía de Dios y su amor se hizo para mi algo concreto. Puedo decir con certeza que esa experiencia me cambió la vida y fue un verdadero parteaguas, que le dió un vuelco definitivo a mi forma de pensar y ver la vida. Y eso que iba “vacunado” contra el sentimentalismo.

¡DIOS MIO, LO QUE SEA… MENOS ESO¡

En el primer ensayo posterior a tal retiro los compañeros oraron por los que habíamos completado la evangelización. Fuimos 3 si mal no recuerdo. En aquel momento de oración tan intenso, le pedí al Señor que me diera –si quería y si no tenía remedio– los carismas y dones que Él quisiera… menos el controvertido y rechazado “Don de Lenguas”. Incluso llegué a decir abiertamente “creo en todo lo que quieran de Carismas, milagros y demás… pero en eso del don de Lenguas o como se llame, no creo y no lo pido y no lo acepto y no lo quiero porque es para idiotas”. Pues el don que no quería –y en el que no creía– fue el que El Señor me dió. Me sentía ridículo y asustado… y también me sentía idiota… pero feliz, no se por qué.

Recuerdo que empecé a percibir –a mitad del momento de oración– como las mandíbulas me hormigueaban y la lengua se empezaba a “mover sola”, a pesar de mi enérgica resistencia. Les juro que luché con todas mis fuerzas por acallar aquello que surgía de mi boca a pesar de mi tenaz resistencia. En un momento estaba alabando a Dios con unos sonidos inteligibles –que yo tampoco entendía– y que salían a borbotones de mi boca a pesar de mis esfuerzos en contrario. Todos los compañeros se reían discretamente de mi, pues sabían de mis discusiones y argumentos en contra de ese “ridículo” don.

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