23 de mayo de 2010

A LA MEMORIA DE UN EXCELENTE RELIGIOSO FRANCISCANO

A la memoria de un Hermano. Fray Jesús Ramiro Muñoz Vargas OFM +


Juan Carlos Jaimes / Provincia





Tuvieron que pasar unas horas para poder asimilar la noticia que recibí telefónicamente de mi madre y que confirmé inmediatamente por el mismo medio tras hacer una llamada telefónica a Esperanza, Sonora.


Ahora, sentado frente a la computadora, recuerdo esa risa como de foca que se hacia escuchar en todos los rincones y que era señal inequívoca de la alegría que desbordaba ese niño regordete, de ojos saltones y labios gruesos, que lo hacían lucir como si trajera puesta la máscara del Santo.


Nos conocimos en los años de la primaria coincidiendo como monaguillos en el templo de los padres franciscanos en la colonia San Marcos en la cálida y polvorienta ciudad de Mexicali. Un tempo que en ese entonces era una especie de caja de zapatos que apenas sobresalía poco mas de un metro sobre el nivel de la tierra y a la que se entraba bajando una escalinata (supongo yo que construido así para mitigar un poco el calor calcinante de aquel lugar). En ese tiempo también se empezaba la construcción del templo actual obra de muchos a iniciativa y capitaneada por el Padre Gloria.


Fueron innumerables los momentos que de niños compartimos junto con muchos otros más hasta que terminada la secundaria y junto con Sergio, otro monaguillo y miembro del coro, emprendimos el viaje con rumbo al seminario en San Agustín, Jalisco. Eramos tres, y quizá las primeras vocaciones franciscanas que salíamos de Mexicali que si bien para algunas personas significábamos algo así como un motivo de orgullo (al menos para nuestras madres) recuerdo que el comentario generalizado era que el único que lo lograría sería Sergio pues entre otras aparentes virtudes se veía como todo un santo vestido de monaguillo; pero Ramirín (como le decía cariñosamente su mamá) y yo, imposible, no duraríamos nada si sólo bastaba vernos como a media eucaristía, ya fuera que estuviéramos acolitando o tocando en el coro, salíamos corriendo atacados de la risa por alguna de las diabluras que se nos venían a la mente.


Los pronósticos fallaron, Sergio enfermó del mal de amores que sumado a una abuelitis crónica compulsiva a los quince días lo llevaron de regreso a nuestro rincón de origen y reciente partida. Yo, me mantuve cuatro años y el que perseveró y se ordenó sacerdote franciscano fue Ramirín.


Cómo no me ha de doler en toda el alma el saber que la mañana del domingo fue encontrado sin vida (terrena) en su habitación, luego de que fueron a buscarlo porque no se presentaba a desayunar, si aun recuerdo aquella ocasión en que discutíamos en el jardín de los fresnos sobre mi posible salida del seminario y me dijo llorando que qué iba a hacer el solo si yo era para él el hermano que nunca tuvo.


La última vez que lo vi fue hace algunos años, yo ya profesionista y con una familia. Vino de visita a Morelia traído junto con otros dos compañeros de mis años de seminarista por el mismo personaje en torno al cual nos conocimos en la infancia y que cultivó en nosotros aquella juvenil vocación sacerdotal que solo terminó germinando, floreciendo y dando buenos frutos en aquel niño regordete, de ojos saltones y labios gruesos que ahora se ha de encontrar con su singular alegría y ocurrencias haciendo revolcarse de la risa a todos los que habiendo como él concluido con su misión ciudadana en este mundo, por el fruto de sus obras han ya alcanzado el cielo.


Con profundo dolor por tu partida pero con la franciscana alegría de los momentos compartidos y el tesoro de recuerdos acumulados de aquellos nuestros años maravillosos. Paz y Bien Hermano

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