14 de agosto de 2012

HONOR A QUIEN HONOR MERECE

FRAY VICTORIO RAMOS GARZA, OFM



“FAMOSO”

Lo conocí primero ‘de oídas’ que en persona. Cuando ingresé al Colegio Seráfico San Antonio –en San Agustín Jal.– él acababa de ingresar al Noviciado en Guadalupe, Zac., en el curso escolar 1983-1984. Desde el principio del año escolar, me habló mucho acerca de él un amigo común: Tony Espinoza –de Uruapan que ingresó junto con Clemente Arriaga– describiéndolo siempre como el amigo por excelencia. Y al poco tiempo corroboraría que las alabanzas de Tony no eran exageraciones motivadas por el afecto fraterno y el extrañarlo, sino –en verdad– cumplidos muy válidos que se quedaban cortos.

Nació –el 24 de diciembre de 1964– en uno de los más antiguos poblados del fértil estado de Tamaulipas: Burgos, situado en el área de influencia de San Fernando. Este poblado no es grande ni muy habitado pero si antiguo (fundado a mediados del siglo XVI). Nuestro Vic ingresó al Seminario Menor Franciscano, al apenas haber terminado la secundaria en su pueblo natal, a los 15 años… Quería ser sacerdote franciscano. Vic –como le llamábamos sus amigos– viene de una familia que asume todos los valores del norteño: claridad en el hablar y el hacer. Gente sincera en la que no hay doblez ni maldad y si arraigados valores tales como la honestidad, el trabajo duro y perseverante, la caridad con el pobre, el respeto por el anciano, el cariño y respeto hacia los niños, la alegría cotidiana, el amor a la familia y el entregarse generosa y desinteresadamente, a ese fenómeno cada vez más raro –y por ello cada vez más valioso– que es la amistad.

Tuve la oportunidad de finalmente conocerlo para su Profesión Religiosa en Agosto de 1984, en el Convento de Guadalupe, al terminar su etapa de Noviciado. Pareciera que me conocía de mucho tiempo, pues sabía muy bien quien era yo. Cuando nos presentan me dice sonriendo y con una actitud de franca simpatía: “quiubo famoso”. Me sorprende, en unos instantes intuyo que efectivamente sí ‘sabe’ quién soy, por referencias de Tony. Me topo con una mirada franca y abierta que ofrece amistad, para luego completar diciendo en forma redundante y a todo propósito: “los amigos de mis amigos, también son mis amigos”. ¡Que actitud tan franciscana, madura, fraterna y varonil!. Me doy cuenta que es muy bien aceptado por sus compañeros, pues se dirigen a él con afecto, confianza y respeto.

UNA AMISTAD LLENA DE VALORES

Después de su Profesión Religiosa, tendré la oportunidad –en muchos momentos– de conocerlo y dialogar con él, en los meses venideros. Cada vez que salgo de día libre del Colegio –a ver a mi familia en Zapopan– llegaré a visitarle. En la primera visita me dice: “¡Qué bueno que viniste¡ Visítame cada vez que se pueda”. Y así fue. Siempre se muestra jovial y amable. En ocasiones las visitas se alargan a dos o tres horas en las que platicamos… bueno, más bien, es él quien platica y yo escucho. No parece importarle lo que yo pueda pensar de lo que dice. Y la plática va desde alguna travesura de la infancia, pasando por la novia que su hermano mayor (Gumersindo) en una ocasión ‘le ganó’, hasta confiarme sus sueños de vivir la Vida Franciscana en auténtica fraternidad, oración y pobreza; habla con ardor de las misiones entre su gente y entre los indígenas y lo que se debería hacer para impulsarlas; le gusta visitar a los hermanos de la Tercera Orden y a las Clarisas y Capuchinas. Siempre se preocupa por los hermanos enfermos, le gusta ir al apostolado con los pobres y los niños. Le interesa ir al Eremitorio. Su libro de los “Escritos y Biografías” de San Francisco está muy usado muy leído. Sus compañeros lo respetan, lo quieren, lo buscan: saben que tienen en él a un hermano sincero y noble.

Comenta de lo interesante que sería estudiar a profundidad La Biblia; dice extrañar mucho a su familia, a su madre, padre y hermanos. De vez en cuando los comentarios son acerca de la experiencia del Noviciado. En verdad que –en unas pocas conversaciones– lo conozco a fondo. Y yo por el contrario soy reservado; pero eso no parece importarle. Finalmente un día me sorprende estarle contando –yo mismo sin darme cuenta– cosas que nunca había platicado. Logró lo que nadie había logrado.

EL HERMANO QUE SE SOLIDARIZA CON EL HERMANO

Cada ocasión es para mi una oportunidad de aprender que no hay nada que temer, que la sinceridad y la apertura es lo mejor para la vida fraterna. En verdad que me está enseñando a ser confiado y abierto… A ser sincero. Me invita a ir a Burgos para que conozca a su familia… Nunca fui, por desgracia, porque se fue antes de lo que cualquiera hubiera pensado.

Victorio es buen conversador. Y también es bueno para escuchar y captar cómo se siente uno. En alguna ocasión que le conté de una crisis vocacional me dijo: “Roberto, Roberto… la verdad no sé que decirte ni que hacer, pero quiero que sepas que haría lo que fuera por lograr que no te sientas tan inquieto y decepcionado”. Y con un abrazo fuerte me mostró su amistad y afecto. Pocas palabras, pero certeras y muy humanas. Estando ya en el Noviciado en una ocasión irá de visita a saludar. Se nota que extraña este convento, pensé. Se nota que en esta casa fue feliz y creció espiritualmente. Siempre la capilla para él es el lugar más importante.

Es un verdadero hermano, querido por sus compañeros y por los de otros grupos; apreciado también por sus superiores. En él no hay doblez ni malicia sino palabras que edifican, aún cuando en ocasiones son fuertes… Es norteño. Cumple con sus labores, estudia, hace deporte; le echa ganas a todo. En el no hay rastro de mediocridad. Y –para mi– eso es un rasgo indispensable para la santidad. Y no exagero, pues publico esto veintitantos años después de que ocurrieron todas las cosas que se narran.

UN TERRIBLE ACCIDENTE

Estoy ya en el Noviciado. Un día que parecía ser uno más de tantos se convertirá en inolvidable: un viernes común y corriente (si mal no recuerdo) 28 de Febrero de 1986. En la semana nos tocó a tres hermanos ir a dar pláticas a los jóvenes de la colonia “Del Carmen”. Tuvimos una semana muy buena de trabajo: los chavos y chavas respondieron muy bien. En la noche llegamos tres novicios del apostolado ya muy tarde –como a eso de las 11 de la noche–. Primero vamos a cenar algo ligero a la cocina del Convento, para de inmediato pasar por la Capilla unos momentos e irnos a dormir. Yendo –en discreto silencio para no despertar a los demás– por el claustro (el pasillo de las celdas) de pronto –y entre la oscuridad– me sale al paso una sombra: es Fray Miguel Delgado (de Monclova) y me dice: “Fray Roberto, fíjate que nos hablaron de la Curia Provincial y nos dieron unas noticias muy malas. Hubo un accidente automovilístico y hay varios heridos y también muertos”. Me sentí mal; la parte de “también muertos” me hizo pensar en dos hermanos –a lo más– que hubieran fallecido. Continuó: “Fueron 8 hermanos que murieron en el lugar del accidente”.

En ese momento sentí que me desmayaba; todo me daba vueltas. Me sostuve de la pared para no caer, me faltaba la respiración y sentí un sabor amargo que me resecaba la garganta. Me quedé mudo… Pasaron unos segundos que me parecieron eternos. Seguí mudo, mi voz no salía y mis ideas no fluían: estaba congelado. Llevándome las manos a la cabeza me senté –en medio de la oscuridad y el silencio del claustro– en el piso. Me dice Fray Miguel que aún no saben quiénes son. Aunque lo seguro es que todos son de Filosofía.

VICTORIO HA LLEGADO

En esos momentos se vino a mi mente la imagen de Fray Victorio. Estuve “seguro” que él era uno de los que habían ya llegado a la meta. Por extraño que parezca, en ese momento en que tuve esa “certeza en el corazón” me sentí profundamente tranquilo… Sí, me ganó; llegó ya con Dios, llegó primero que yo, pensé. Le di gracias a Nuestro Señor por haberme concedido la amistad de Victorio y empecé a recordar sus muchas enseñanzas; que –por cierto– no eran enseñanzas que me hubiera dado “desde la cátedra” alta y arrogante de la “pontificación” o la imposición de puntos de vista, sino desde su propia vida y gestos de congruencia discreta y constante. Esa noche pocos pudimos dormir en el Convento de Guadalupe. A la mañana siguiente vino la lista: “… Y Fray Victorio Ramos Garza”, acotó el P. Guardián Fray Junípero Mata.

Me seguí sintiendo tranquilo y extrañamente contento. ¡Sí, estaba en verdad alegre! Pensé en todos estos hermanos que fallecieron en ese accidente, pero en especial en Vic. Esa sensación de paz me ha durado a lo largo de estos 26 años. Estoy convencido de que está con Dios, a quien amó con pasión y siguió. Aún cuando estoy persuadido de que Vic no necesita mis oraciones, sigo pidiendo por él en una que otra Misa y también por su familia. Lo extraño mucho, es cierto. Pero lo llevo conmigo, porque lo recuerdo y lo sigo escuchando cuando viene a mi mente alguna de las muchas charlas que tuvimos. No lo he perdido, al contrario, él es una de mis riquezas. Una de las personas que más me han cambiado, sin querer cambiarme: mi modelo. Con mucha razón dice la Palabra de Dios que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Le digo a su familia (a Olga su sobrina que me ha escrito un comentario) que tienen un verdadero tesoro: Fray Victorio no sólo vive en la presencia de Dios sino también en el corazón de todos los que lo queremos… Y estoy seguro que él nos corresponde, que también nos quiere desde allá.

2 comentarios:

  1. ... "llevas" muy bien en tu vida esos testimonios vivos que te hacen ser hoy un hombre de Dios que lo da con la palabra, los signos y las obras...

    ResponderEliminar
  2. Padre Roberto. Muchas gacias de verdad por brindarme la oportunidad de conocer a mi tío del unico modo que ahora me es posible, por sus amigos y compañeros de vivencias y sueños. Gracias.

    ResponderEliminar