30 de enero de 2010

LA SUPERSTICIÓN

¿Religión Ó Superstición?

Horóscopos, Amuletos,
Lectura de cartas…

¿Se puede confiar en la adivinación
sin que afecte a nuestra vida espiritual?

Seguramente hemos sabido de casos en los que personas metidas en apuros, en vez de acudir a Dios acuden al Demonio. Hay la creencia en muchos de que, por ejemplo, lograr la salud está por encima de lo que sea. Muchos curanderos --entre ellos un buen puñado de charlatanes-- engañan a la gente, teniendo en sus "consultorios" imágenes de Jesús o de los Santos, buscando así generar confianza. No podemos negar que el Demonio tiene poder (aunque es muy limitado si lo comparamos con el poder Omnipotente de Dios, a quien está sometido) y por ello puede "curar" por medio de brujería. Pero ¿Cuál es el precio? ¿Valdrá la pena curarse a costa de la propia Salvación?

Dios es para el Hombre el único Señor. Lo ha creado y lo cuida constantemente con su Providencia. La existencia de la criatura y todo cuanto es o posee, lo ha recibido de Él. Por ello, el Hombre mantiene con Dios lazos y obligaciones en cuanto Creador y Ser Supremo: Es el culto que debe rendírsele y que se vive con la virtud de la religión. Alabar y adorar a Dios es lo que se conoce como culto.
 
En cualquier caso, el culto dado a Dios se realiza de un modo adecuado a la naturaleza del Hombre, a un tiempo es material y espiritual. Ya en el siglo XVII la Iglesia consideró como herética la proposición de Miguel de Molinos, a quien parecía imperfecto e indigno de Dios todo rito sensible, queriendo reducirlo a lo interno y espiritual.  Recordemos que Jesús deja a la Iglesia los Sacramentos, que usan de signos sensibles como el agua o el aceite o el pan y el vino de la Eucaristía.

En el entendimiento y la voluntad es donde, ciertamente, se debe fundamentar el culto, pero no basta: se precisan también actos externos de adoración: arrodillarse ante el Sagrario, participar activamente en la Santa Misa, asistir con piedad a las ceremonias litúrgicas..... Pues Dios es también creador del cuerpo.
 
En la práctica el culto se concreta en tener prontitud y generosidad ante todo lo referente a Dios. Y llega hasta el detalle de mostrar la reverencia debida a los objetos religiosos que usemos corrientemente: colocar el crucifijo en el sitio de honor de la habitación, guardar el agua bendita en un recipiente limpio, tratar con reverencia el libro de los Evangelios y el rosario, permanecer atento y con una postura digna dentro del Templo, especialmente en las bodas y otras ceremonias, donde es fácil que el gusto de saludar a los viejos amigos nos lleve a convertir el recinto sagrado en la antesala del salón de fiestas. Todos estos detalles de reverencia son parte del Primer Mandamiento.

¿No pasas nunca debajo de una escalera? ¿Llevas un amuleto colgado del cuello? ¿Evitas que haya trece comensales en la mesa? ¿Intentas tocar la madera cuando ocurre algo que “da” mala suerte? ¿Te sientes influido en tu estado de ánimo porque el horóscopo que leíste hoy no te era favorable? Si puedes responder “no” a estas preguntas, ni te inquietan otras tantas supersticiones populares, entonces puedes estar seguro de ser una persona bien equilibrada, con la fe y la razón en firme control de tus sugestiones.

En nuestra sociedad “tecnificada”, la falta de fe y la ignorancia de la Biblia lleva a que cada vez haya más supersticiosos. La superstición es un pecado contra el Primer Mandamiento porque atribuye a personas o cosas creadas unos poderes que sólo pertenecen a Dios. La omnipotencia que sólo a Él pertenece se atribuye falsamente a una de sus criaturas. Todo lo que ocurre nos viene de Dios; no del colmillo de un tiburón o las consejas de un curandero. Nada malo sucede si Dios no lo permite, y todo lo que ocurre en nuestra vida o en la ajena es para bien. Del mismo modo, solamente Dios conoce de modo absoluto los acontecimientos futuros. La superstición es una industria que mueve millones y millones de pesos, aparte de privar de la luz de Dios a muchos.

De ahí que creer en adivinos o espiritistas sea un pecado contra la fe que Dios ha querido que tengamos en Él y en su providencia. El supersticioso es un crédulo que funda su fe en motivos al margen del plan de Dios. Los adivinos son hábiles charlatanes que combinan la ley de las probabilidades con el manejo de la psicología y la autosugestión del cliente, y llegan a convencer incluso a personas inteligentes y cultas.

En sí misma, la superstición es pecado mortal. Sin embargo, muchos de estos pecados son veniales por carecer de plena deliberación, especialmente en los casos de arraigadas supersticiones populares: números de mala suerte y días afortunados, tocar madera y cosas por el estilo. Pero si se hace con plena deliberación y deseo, acudir a esos adivinos, curanderos o espiritistas, el pecado es mortal. Aun cuando no se crea en ellos, es pecado consultarlos profesionalmente. Incluso si lo que nos mueve es sólo la curiosidad.

Sobre este tema, la aparición de acontecimientos por encima de lo ordinario no puede ser debida sino al demonio. De ahí que la gravedad de la superstición se mide por la mayor o menor intervención del temible enemigo del hombre. Cuando hay invocación explícita del Demonio, el pecado es gravísimo, pues no sólo se invoca al vencido, dejando de lado a Dios Todopoderoso, sino que se está en ese momento RENUNCIANDO A LA PROPIA SALVACIÓN.

De algún modo puede haber invocación implícita al demonio en las películas, obras teatrales, etcétera, que imprudentemente hacen aparecer intervenciones satánicas, para infundir terror, manifestar prodigios... a nuestro “hombre adulto” cada vez más deseoso de descargas de adrenalina. Hay invocación explícita -confirmada y aceptada por los mismos autores- en la letra de las canciones de ciertos grupos musicales modernos. En ambos casos -visuales o auditivos- existe la obligación grave de no formar parte como espectador o como escucha. Dice El Señor, a propósito de las supersticiones, amuletos, hechicería y tatuajes:

¡Yo soy Yahvé, Dios de ustedes! ... No practiquen la hechicería ni la astrología. No se hagan cortes en su cuerpo por los muertos; no lleven inscripciones o tatuajes en su cuerpo: ¡yo soy Yahvé!
(cfr. Levítico 19,25-28)

Así pasó con los antiguos habitantes de tu Tierra Santa: los aborrecías debido a sus prácticas detestables, su brujería y sus ritos impíos” 
(Sabiduría 12,3-4)

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